lunes, 24 de marzo de 2014

Herramientas para ser feliz. Qué es el miedo.


Freud define dos tipos de miedos, uno el miedo real frente a una situación de peligro externo, el sujeto experimenta angustia, pánico o terror. El otro miedo es el miedo neurótico, donde no hay peligro externo y el sujeto vive con la sensación más o menos permanente de angustia, frente a un sentimiento interno siniestro, que algo va a suceder. Las causas del miedo neurótico deben ser pensadas desde la relación del sujeto con sus procesos inconscientes. La conciencia- mero órgano perceptivo de la realidad externa e interna- tiende a racionalizar los cambios y a procesarlos desde lo conocido. Frente a la realidad la tendencia humana es a mantenerse en un estado de confort, para evitar el estado de displacer que generan las posibilidades de cambio. Sucede a veces que las opciones de confort terminan produciendo más malestar que bienestar en el sentido que no hay en la vida, situación permanente de estabilidad posible. La negación frente a una realidad cambiante puede provocar distorsiones en el “supuesto equilibrio personal”. Sería lo mismo decir que cuando no se tolera un cierto grado de incertidumbre o de displacer, la vivencia de vivir provoca el estado de miedo o de angustia. Frente a la realidad la reacción del sujeto puede ser vivida como un estado de catástrofe, pérdida de control, alteración de un equilibrio vivencia y habría que leerlo como resistencias al cambio frente a una realidad que nos guía hacia cambios, modificaciones. El miedo siempre es defensivo. El miedo busca la huida, la negación, el refugio en unos mismo, en la razón. Digamos que la defensa del miedo es frente a cambios éticos, en el sentido que todo cambio produce cambios en las relaciones de pareja, familiares o sociales, sabiendo que los cambios a veces no son bien visto por la ideología o moral familiar, social o personal. Las nociones de bien y mal, bueno o malo, se ponen en cuestión frente a los cambios. Son esas veces donde uno se da cuenta que el cambio le hace bien pero la crítica familiar, de la pareja o de la propia sociedad le hacen pensar, dudar o temer. El miedo siempre es represivo, hace al sujeto retraerse, dudar, no avanzar. Siendo así, el miedo tiene la categoría de ser ideológico ya que se sostiene en la forma de pensar y se vive como se piensa, de ahí que un cambio de pensamiento produce otras formas de vivir. Esta categoría de miedo neurótico produce inseguridad en la persona, sabiendo que la seguridad y la inseguridad dependen de la carencia de instrumentos psíquicos para abordar los cambios. El psicoanálisis como método de trabajo para autoconocerse añade al sujeto la posibilidad de incorporar otra ética más allá de la moral cultural o familiar que ante el cambio, la persona puede experimentar un penoso sentimiento de culpa. Cierto es que la culpa ejerce una labor represiva sobre la persona y aplaca su afán de cambios y su deseo de transformarse, pero a la larga, toda actitud represiva acaba generando subversión y agresividad contra aquello que le hizo al sujeto reprimir su afán de cambio o crecimiento. Cuando la pareja, la familia, el trabajo reprime al sujeto su deseo de cambio, termina produciendo agresividad. Muchos conflictos de pareja, familiares o laborales tienen sus motivos en la agresividad que provocó la represión al cambio motivada por un miedo ideológico. ¿Es miedo o aceptada resignación?

lunes, 10 de marzo de 2014

HERRAMIENTAS PARA SER FELIZ. El triunfo de un fracaso

El método psicoanalítico viene a mostrar que toda acción, toda consecución, todo no logro está determinado por la estructura de nuestros deseos inconscientes. Esto quiere decir que lo que para la conciencia puede no tener sentido, si lo tiene para nuestro inconsciente. ¿Existe el fracaso?. Para la conciencia si, pero no para el inconsciente. Toda acción, todo acto, toda consecución humana siempre se lleva a cabo para algo o para alguien. Fuera de esto, no hay realización ni acto humano, lo que viene a decir que nuestras acciones están determinadas desde de la estructura de nuestros deseos inconscientes. La palabra fracaso debe ser tomada como un trabajo finalizado y con el método psicoanalítico podemos ir reconstruyendo los elementos que se hizo y las herramientas que se pusieron a favor de la construcción de dicho trabajo finalizado. Freud nos dice que desde el sueño relatado- materia prima con la cual trabaja el psicoanalista- reconstruyo con los instrumentos teóricos del psicoanálisis,  el deseo inconsciente que para satisfacerse, dio lugar a la aparición del sueño soñado y del sueño relatado, deseo inconsciente que aparece deformado, desplazado y condensado y que sin los instrumentos teóricos del psicoanálisis, haríamos una lectura ingenua del sueño pero no psicoanalítica. Si esto lo llevamos a un hecho acontecido en nuestra vida,  donde consideramos que hemos fracasado, nuestra materia prima sería “el fracaso contado” y con los instrumentos de lecturas del psicoanálisis, somos capaces de llegar al deseo inconsciente que se ha satisfecho en dicho fracaso. El fracaso suele venir con tarjeta de presentación, es decir, viene dedicado a alguien. Y si no, se fracasa para algo. Fracasar para alguien también es una manifestación latente de un deseo sádico contra alguien. Los fracasos puede ser para la mama, el papa, la novia, el novio, el hermano, el amigo. Por regla general, los fracasos se los dedicamos inconscientemente a los seres queridos. En un segundo lugar cuando no es así, el fracaso lo dedicamos a nosotros mismos, es decir, a nuestros deseos masoquistas, donde la persona, cuando su intolerancia al triunfo está tocada por cuestiones morales o religiosas, el fracaso es alimento para una tendencia masoquista redentora. Se fracasa también para calmar el espíritu, para calmar la culpa. No se puede por tanto entender el fracaso sin tener en cuenta la existencia de nuestros deseos sádicos y masoquistas. De manera que analizado así, el fracaso siempre es el triunfo de nuestros deseos sádicos y masoquistas.